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    Ciertos historiadores prefieren decir que una nación es más bien imaginación o creación, y con ello, sea lo que sea, su comida. En rigor de verdad, salvo dos o tres excepciones, no existen platos autóctonos; todos son herencia. Entonces, ¿por qué chorizo en pan y no hamburguesa en pan? Ana María Shua relata, por su parte, una excursión al mundo del choripán.

    Cada dos por tres alguna voz más o menos autorizada se pregunta si existe la "cocina criolla", que es una forma pintoresca y folclórica de llamar a la "cocina nacional" o a la "cocina argentina". La respuesta es que sí, existe, aunque hay que ser precavido con las pruebas ontológicas. Conformarse con la existencia del concepto para demostrar la realidad del hecho empírico significaría que, al cruzar la calle, acaso uno pueda ser atropellado por un minotauro.

    Hay que recordar que una nación es un invento, aunque este término suene brusco, tal como el historiador Benedict Anderson le hizo notar a su colega Ernst Gellner. Es mejor usar palabras como "imaginación" y "creación", sostuvo Anderson, aunque ambos coincidieron en que hoy resulta imposible figurarse a una persona sin nación. "Un hombre debe tener una nacionalidad como tiene una nariz y dos orejas", escribió Gellner. "En el mundo moderno, todos tienen y deben 'tener' una nacionalidad, así como tienen un sexo", acordó Anderson. La mejor definición de nación (esto es, una forma de organización de las relaciones sociales cuya cristalización puede rastrearse hacia fines del siglo XVIII, y cuya emergencia guarda relación con la Revolución Industrial y la Revolución Francesa) está en La chica que amaba a Tom Gordon, la novela de Stephen King. Allí, Trisha, la niña de nueve años que se perderá en un bosque, le pregunta a su padre si cree en Dios. El hombre le responde que cree en el Subaudible. "¿El sub qué?" "¿Te acuerdas cuando vivíamos en Fore Street?", quiere saber el padre. "Aquella casa tenía calefacción eléctrica. ¿Te acuerdas de que los radiadores zumbaban, incluso cuando no funcionaba la calefacción?". La niña niega. No, no lo recordaba. "Porque te acostumbraste. Pero créeme, Trish, el sonido siempre estaba presente. Hay ruidos hasta en las casas que no tienen radiadores. La nevera se dispara y apaga. Las cañerías chasquean. Las tablas del suelo crujen. Pasa tráfico por delante. Todo el rato oímos cosas, pero casi nunca las escuchamos. Se convierten en...". En el Subaudible, claro. La nación es como el Subaudible: está allí, siempre, siempre, aunque las marcas de construcción no salten a la vista, aunque uno se acostumbre a las cañerías que chasquean y los suelos que crujen. Y está tan bien hecha, que no se percibe el contraste entre su novedad objetiva y su ancianidad subjetiva, entre aquello que es contingencia y acaba convertido en destino.

    Ahora mismo, en alguna parte del mundo, algún argentino está sollozando porque extraña el dulce de leche. Más que preguntarse si existe la comida nacional, hay que interrogarse acerca de cómo se logran o lograron los consensos que permiten identificarla. ¿O acaso no hay un acuerdo respecto a que algunos platillos son "más nacionales" que otros? ¿Que el mate es "más argentino" que la Pepsi Cola? ¿O que el churrasco es "más argentino" que el Whopper? Es la naturaleza de ese consenso lo que debe examinarse. En caso contrario, cuidado con los minotauros al cruzar la calle.

    Las prácticas que llamamos "nacionales" sólo resultan eficaces si se transforman en vivencia diaria. Eso significa la naturalización de determinadas experiencias cotidianas, mediante modos de comportamiento "propios" sostenidos en un pasado selectivo, una concepción de la temporalidad homogénea y sincrónica (la idea de "mientras tanto" es contemporánea e indisoluble de la idea de nación). El proceso de conversión de la "cultura nacional" (en tanto ideología de Estado) en "identidad nacional" (en tanto práctica mundana) implica una suma de esfuerzos que abarcan cada aspecto de la vida cotidiana; eso incluye lo que se come y se deja de comer. Cuando en los albores de la nación, y de la gastronomía, allá por 1825, J. A. Brillat-Savarin escribía que "de la manera en que las naciones se alimentan depende su destino", no estaba sacando una conclusión: lanzaba una profecía.

    "Ocurre que ignoramos los usos de la comida, y nuestra ignorancia resulta altamente peligrosa", escribió la antropóloga Mary Douglas en la década de 1970. "Nos conviene más adoptar el punto de vista del veterinario, que considera la comida como mero alimento animal, o pensar en ella como una necesidad fisiológica, que reconocer su tremenda fuerza simbólica".

    Se empieza así: evadiendo el revisionismo y los inventarios. Uno de los rudimentos iniciales que aprende un arqueólogo es la importancia de la cronología. La máxima sería: primero ponga fechas estimativas –a veces variables en millones de años– y luego descubra el sentido de los restos arqueológicos esparcidos en los yacimientos. No es el mejor método tratándose de cocina autóctona. La pregunta tramposa sería: ¿cuándo debe comenzar a medirse esta "autoctonía"? ¿Desde la época del virrey Pedro de Cevallos? ¿Desde el apogeo de las costumbres puelches o diaguitas? ¿O desde que se asentaron los descendientes de los hombres que cruzaron el Estrecho de Bering, hace veinte o treinta mil años?

    Uno de los indicios más antiguos de existencia de presencia humana en estos parajes fue encontrado en las orillas del Canal de Beagle. El sitio arqueológico fue bautizado Túnel 1, y allí, hace unos siete mil años, unas personas encendieron fuego, comieron parte de un lobo marino, tallaron algunos instrumentos y se marcharon con rumbo desconocido. ¿Podría hablarse entonces de "cocina autóctona" y mencionar lobos marinos, guanacos y mejillones como los ingredientes principales? ¿Podría hablarse de platos propios a base de animales extintos, como el Mylodón o el Hyppidión? "Más antiguo" no significa "más autóctono", y la "cocina criolla" ostenta orígenes mucho más próximos... y selectivos. La tradición no es un segmento histórico inerte, como explicó el sociólogo Raymond Williams con el fantasma de Antonio Gramsci zumbando en los alrededores, pues la tradición es siempre una tradición determinada: "Una versión intencionalmente selectiva de un pasado configurativo y de un presente preconfigurado, que resulta entonces poderosamente operativo dentro del proceso de definición e identificación cultural y social". Otro problema surge al intentar una suerte de "etimología de los platos" para desnudar así que la cocina argentina es "heredada". Más anécdotas y menos certidumbre: la milanesa viene de Italia, aunque antes pasó por Francia y España; el puchero desciende de la olla podrida peruana; el dulce de leche ha existido en diversas latitudes bajo diferentes denominaciones (por ejemplo, "manjar blanco"); la carbonada tiene origen chileno, o quizás belga o español; la costumbre de rellenar carnes, como en el caso del matambre, es una práctica de larga data; con diferentes formas y nombres, las empanadas se cocinan desde hace siglos en todo el mundo. Gran parte de los platos considerados "patrios" se conocían en el Medioevo europeo; es el caso del cochinillo relleno de naranjas, huevos hilados, aceitunas aliñadas, almendrado de las monjas o cebollas en escabeche.

    Pero si los orígenes de la gastronomía de cualquier nación son simbólicos antes que históricos (en el sentido de Mary Douglas), no tiene sentido buscar una suerte de piedra fundacional culinaria empírica o material: oh, caray, encontramos los restos fosilizados del primer asado criollo. Lo que importa es el aspecto sincrónico, no diacrónico: el suceso en tanto sistema que ocurre aquí y ahora. La pizza y las pastas constituyen un bastón de apoyo de la gastronomía italiana; sin embargo, provienen del Oriente. Mecanismos de apropiación e identificación: algunos significados y prácticas son acentuados, otros son atenuados o rechazados. Por más restos de documentos o artefactos –y sus respectivos trayectos– que se revisen, allí no habrá ninguna solución al misterio. De hecho, así planteado, ni siquiera hay misterio.

    Cuenta la leyenda que Gramajo, quizás un playboy argentino de la década de 1930 o quizás un coronel de las tropas de Julio Argentino Roca, "inventó" el revuelto que lleva su nombre en un momento de hambre, escasez y picardía, quizás en un hotel parisino mientras se preparaba para salir de juerga o quizás en una tienda de campaña mientras se preparaba para la embestida al próximo asentamiento indio. La historia es interesante porque –como aseguró el periodista Derek Foster en su libro El gaucho gourmet– el revuelto Gramajo es uno de los dos únicos candidatos a "genuinas creaciones propias" (el otro candidato es el panqueque de manzana). Todo lo demás es heredado.

    Calificar de "heredada" a una cocina posee un mérito: presenta a la cultura como proceso, un juego de interacciones, préstamos y negociaciones. Suele repetirse que la cocina argentina tiene trazos de su par española, italiana y francesa, y también sudamericana, en especial peruana; que en el noroeste del país se conservó mejor la tradición española; en el nordeste se siente la influencia brasileña; en el sur, las presencias chilena, alemana y galesa; en la zona central prevalece la "comida criolla" propiamente dicha: mucha carne, pocas verduras.

    Ahora bien, ¿esto es así empíricamente? Bueno, no. Basta con observar qué se come y se descubrirá la molesta costumbre de los comensales de querer escaparse de las categorías alimenticias en las cuales pretende confinárselos. Cuando se habla de herencia, es necesario prestar atención, más bien, al elemento ponderado o rechazado en la construcción de la identidad gastronómica nacional. Por ejemplo, ningún plato prehispánico sobrevivió hasta la actualidad. En ningún país sudamericano (con excepción de Uruguay) la idea de que "lo regional" resultaba execrable tuvo tanto éxito. Hacia mediados del siglo XIX, los estratos influyentes de la sociedad local se volcaron hacia la cocina inglesa y, en especial, la francesa.

    La cocina criolla, pampeana, conservaba aún muchos elementos de la tradición española de los siglos XV y XVI. Más que variar los platillos según las clases sociales, variaba la calidad de los ingredientes: pan de trigo contra pan de centeno; carne de vaca, ternero y pollo contra tocino; vino contra agua. Las oleadas inmigratorias alentadas por el célebre eslogan de 1852 de Juan Bautista Alberdi ("Gobernar es poblar") aumentaron no sólo los platillos que se servían, sino también los que explícitamente no se servían como signo de diferenciación. El caso del ajo es ejemplar.

    En el momento de hablar de herencias, o de ajos (ingrediente pobretón si los hay), suele emerger el conventillo como cronotopo de mixtura cultural porteña (argentina, la metonimia funciona). Que en 1880 Buenos Aires contara con 1770 conventillos, y que siete años después, en 1887, su número ascendiera a 2835 es sólo una anécdota de libro de texto. El cronotopo "conventillo" se vale de otros indicadores para fundar su eficacia enunciativa: la convivencia forzada de italianos, españoles, rusos, polacos, ucranianos, turcos, sirio-libaneses, alemanes, judíos; el patio como espacio de conflicto y fusión, de sainete y tango; los servicios comunes (baños, lavadero, cocina); la emergente jerga en tono de cocoliche y lunfardo; la ebullición política: disidentes, anarquistas, masones, socialistas, republicanos, sindicalistas. Establecido el escenario, nada cuesta repartir bolos entre los actores: nada cuesta ponerlos a cocinar en el cronotopo y ver qué sale con semejantes ingredientes.

    En principio, rechazo. Los criollos pobres rechazaban la comida extranjera simplemente por foránea; los criollos de mejor posición la rechazaban por su aura de pobreza ("comer italiano" era sinónimo de "comer pobre"). Luego, negociación y sincretización. Se ha definido a la cocina porteña como una versión de la cocina italiana más algunos platos españoles y otros franceses, cocinada y servida al estilo español. Se acepta que algunos platos-de-todos-los-días adquirieron su contorno contemporáneo en las interacciones del conventillo. Por nombrar: ravioles, pascualina, albóndigas, estofado, chupín, pan dulce, pastafrola, fugasa, pesto, fainá, salsa de tomate con cebolla, tomates rellenos (de Italia o de los genoveses de mediados del siglo XIX); empanadas, carbonada, chorizos, dulces, guisos de todo tipo (de España); omelettes, mousse de chocolate, lomo a la pimienta con papas a la crema (de Francia). Son platos que podrían agregarse en un menú nacional, que señalan el uso selectivo de la tradición. Basta pensar en el derrotero que han seguido preparaciones como la chalona, la chicha, la chancaca, la tunta, el chuño, la sajta, el charquisillo, el folto nguillú, el kuletún nguillú y tantos otros platillos ignorados u olvidados, o por qué la rica tradición negra de Buenos Aires ni siquiera se menciona y, de hacerlo, no se señala su origen negro, como el mondongo.

    Las instituciones encargadas de la socialización juegan un papel central en la regulación de los estómagos. Piénsese, por ejemplo, en los actos escolares, donde las negras mazamorreras pintadas con corchos quemados venden empanaditas calientes que queman los dientes; deesta forma se establece un mito de origen en la época revolucionaria y se borra de un plumazo toda la historia prehispánica. O piénsese en la euforia de los grandes eventos deportivos (los mundiales de fútbol), cuando las principales marcas del rubro alimenticio (McDonald's, Coca Cola, Cerveza Quilmes) se anuncian como auspiciantes oficiales y establecen lacrimógenas relaciones entre sabores, pasiones y banderas: la "argentinidad futbolera" como identidad colectiva e individual. Preparar un asado, beber una Quilmes, alentar a la selección. Entonces, la cocina argentina, ese "artefacto histórico bien fundado" (diría Pierre Bourdieu parafraseando a Emile Durkheim), existe porque lo que existe es el principio mismo de demarcación: esto sí y esto no. Una convención, un modo de organización social cuyas costuras se ponen del revés y desaparecen, un lenguaje compartido y reconocible por todos los participantes de la conversación. Existe porque hay un acuerdo previo y externo consumido como "hecho natural" sobre lo que es nacional y sobre lo que no lo es. Que un chorizo entre dos trozos de pan sea "patrio y noble" y que un medallón de carne picada entre dos trozos de pan sea "global y amenazante" es una afirmación experimentada como cotidiana. Por eso, cuando llega el momento de preguntarse sobre la cocina criolla y concluir su aspecto heredado, el punto de partida suele ser la nacionalidad como suceso necesario, como destino: tengo una nariz, dos orejas y una nación.

    Acaso en cincuenta años, tal como sucedió con el criollismo y las costumbres gauchescas, se reivindique la "hamburguesa argentina" de Burger King o el "menú porteño" de McDonald's como las más acabadas muestras de gastronomía nacional. Pues la cocina criolla se trata, a fin de cuentas, de un invento que se reinventa día a día.

    A 60 años de la publicación de Confesiones de una máscara, el escritor japonés Yukio Mishima sigue causando esa incomodidad que produce lo ambiguo allí donde aparece, pero sobre todo en la sociedad japonesa. La obra que desenmascara su propia homosexualidad en el contexto de una sociedad machista también pone en evidencia su fascinación por la belleza y por la muerte.

    A comienzos del siglo XXI, la obra de Mishima sigue escenificando, como pocas, el intríngulis moderno nipón: dos almas, oriental y norteamericana, reunidas en equilibrio impermanente. Mishima certifica la contigüidad del agua y el aceite, condenados a compartir recipiente sin conseguir alearse, ni alejarse. El gesto vital de Mishima repite uno típico de Japón: labrar su identidad apoyándose en principios culturales antitéticos: tradición y modernidad; perennidad de lo natural y fugacidad del artificio tecnológico. Como devolución, y sin que nadie lo deseara o premeditara, la cultura japonesa se condensa en la vida sintomática del escritor Kimitake Hiraoka (conocido por Yukio Mishima): lentitud y aceleración; Eros y Tánatos; y en su caso, hétero y homosexualidad.

    Mishima hizo que afloraran antiguas fantasías de millones de compatriotas suyos. ¿Por qué, entonces, cosechó tanto rechazo? Es que todo eso Yukio quiso hacerlo explícito, público, querible en/por sus contradicciones y, como si fuera poco, argamasa de una estética nueva, mestiza. Al punto de ser tomado como provocador, como perverso. Mishima dio carta de ciudadanía a algo genuinamente japonés: la ambigüedad como sentimiento básico (y trágico) de la vida, aplicable no sólo a la sexualidad sino a los demás tramos de experiencia: religión, modo de vida, afiliaciones políticas y estéticas, arraigo en el terruño. Ahora bien, la ambigüedad suele llevar al equívoco y eso no deja de avergonzar a los nipones. Han buscado soterrarla, silenciarla, bajo capas y siglos de convencionalismos, eufemismos, falsos argumentos y erudición vana. A base de sigilo, esta sociedad elude el sufrimiento de enfrentar algo que sabe propio, pero cuyo fondo no entiende: finge que su sistema cultural cierra, incluso mientras vuela hecho pedazos; argumenta claridad, incluso cuando imperan los velos y las sombras. Mishima fue quien destapó en la posguerra la caja de Pandora de las ambigüedades de su patria. Las hizo explícitas, aunque sin buscar resolverlas, ya que para él no había nada que resolver (sólo bastante que asumir). La reacción de muchos lectores ha sido, sigue siendo, escandalizarse por la completa libertad de expresión de quien igualmente consideran representante conspicuo, eso sí trasmutado de a poco (quizá por su descaro) en antihéroe nipón por excelencia. Mishima y el arte de Mishima funcionan como conciencia turbia de la sociedad nipona, y hasta como una pesadilla de la que pocos aceptan hoy hacerse cargo. En 2009 se celebran sesenta años de la publicación de Confesiones de una máscara. ¡Que lo recuerden si quieren en el extranjero!, parecieran decir con su actitud. Porque en Japón la gente ni se entera.

    Es dramático imaginar a un niño criado entre (y contra) dos mujeres poderosas que se lo disputan abiertamente. La madre, Shizue, acabaría siendo lectora y paño de lágrimas del escritor hasta el último día. Sin embargo, recién empezó a ejercer su rol cuando su hijo cumplió doce años. Natsu, suegra de Shizue, compartía el condominio ejerciendo poder sobre la prole (moraba con su nieto en un pabellón anexo). El chico fue el preferido de una abuela egoísta e histérica, es cierto, pero culta como pocos. Cuando el niño retornó a casa de sus padres, llevaba años afianzando, de mano de la abuela, el modelo que lo caracterizaría: frecuentación del teatro kabuki y noh, lectura asidua de clásicos chinos y nipones, así como escritura diaria, lo que en Japón significa arte caligráfico y a la vez confección de poemas. Al fin, Shizue sucedió a Natsu. Por determinismo biológico, claro. Pero también porque aceptó para su hijo la rica herencia de la odiada suegra, instilada en la obra del escritor en ciernes. Así, fueron dos las mujeres de la vida de Hiraoka. Las demás, hija y esposa, no alcanzarían tanta preeminencia.

    Atrapado entre dos mujeres, el niño no dejó de ser un solitario (veía poco a sus hermanos). Además se crió como una niña. Cuenta Shizue: Natsu “pensaba que los niños eran compañeros de juego peligrosos; las únicas amistades que le permitía eran tres niñas mayores”. En éste y otros temas, las disputas entre madre y abuela eran tan terribles que el jovencito tuvo que aprender a desdoblarse por completo. Muñecas, casitas y origami bajo la filosa mirada de Natsu; coches, trenes o escopetas con su hermano. Y en su infancia recluida en un cuarto, tiempos muertos delante del gramófono escuchando enka (canción tradicional femenina) y urdiendo (lo cuenta en Confesiones de una máscara) escenarios familiares destinados a ahorrar sufrimientos a su madre (desgraciada en maternidad y matrimonio) y a su abuela (desquiciada por múltiples achaques). Inútiles intentos bipolares en el mismo soporte carnal, frágil y ya muy remecido.

    Fue tomando forma un jovencito fuera de lo común. Fascinante por su precoz inteligencia y su hiperproductividad artística: entre los 12 y 13 años, publicó sus primeros poemas y relatos; a los 15, fundó Cuadros Rojos, diario literario de Gakushu-in (la Escuela de Nobles) y ya era miembro de la junta editorial de la Escuela del Abedul Blanco, club literario con cien años de historia; a los 19 , era un autor editado y sin duda monstruoso (por las mismas razones). Esta contradictoria apreciación sería de por vida la de sus lectores, innumerables, la de sus compatriotas y por supuesto la suya propia. Terror asombrado al descubrirse no sólo un genio sino, además y sobre todo, un raro.

    Las perplejidades juveniles de Mishima lindaron con la dupla masculino/femenino. El joven adquirió temprana conciencia de una condición que le inquietaba. No dejaría de tematizarla el resto de su vida. Verse y ser visto como mezcla de extrema delicadeza (en su diminuta corporalidad amanerada) y de ensañada ferocidad (a juzgar por su implacable y espartano acometimiento de proyectos e ideales, rasgo esta vez heredado de su padre). En tal contexto, ¿qué podía significar para Mishima sentirse homosexual? Un asunto bastante complejo.

    Desde el punto de vista cultural, la machista sociedad japonesa no ha generado una tradición que condene por principio la homosexualidad. En medios cercanos a la ética samurai (como el de los Hiraoka), la homosexualidad era tenida como posible vía ortodoxa del guerrero. Además, en un hogar tan aficionado al kabuki, todos sabían que los roles femeninos han de ser ejecutados por hombres, dentro y fuera de la escena: de allí procede la perspicacia de Mishima para ponerse en el pellejo de sus personajes femeninos (la explicación podría extenderse a otros genios modernos tenidos por heterosexuales, como Tanizaki o Kawabata). En fin, la frecuentación de antiguos monogatari (relatos, historias) acostumbra al lector japonés a navegar por torrentes genéricos poco y mal establecidos, dejando en penumbra la delimitación psicológica de los characters, a merced de circunstancias y eventos azarosos, moviéndose en ámbitos difíciles de ceñir, pero que igual marcan la existencia. La cultura japonesa no plantea una determinación taxativa o definitiva de la oposición homo/hétero/sexualidad (ésta no es tema, como lo ha sido en Occidente; en todo caso, el tema es igualmente la bisexualidad); sólo la elaboración cultural de mecanismos de atenuación de fronteras (las cuales incluyen al género, por supuesto, pero sin que éste agote el asunto, ya que de lo que en el fondo se trata es de atenuar el yo, la personalidad, en línea con la impronta budista propia de un hogar culto).

    En una cultura como la occidental, Mishima hubiera tenido que dar explicaciones u ocultarse. Por contra, su contexto nativo lo favorecía en un plano personal, dándole los permisos necesarios, al precio de acentuar la detección y comprensión de su entraña profunda, habilidad que Mishima acabó de-sarrollando. A fuerza de ocultar sus sentimientos, a edad temprana creó una alternativa a la que se acogía cuando estaba solo: corregir el ingrato escenario social hasta volverlo acorde con sus fantasías. Kimitake levantó formidables defensas contra el exterior. Lo logró al punto de desarrollar un riquísimo mundo interior paralelo, donde la escritura satisfacía lo que el ambiente familiar le negaba. El ocio liberaba y exacerbaba sus ansias y su sensualidad, mientras la febril escritura de poemas y ensayos lo adiestraba en los ardides necesarios para disfrazar su deseo. En el relato “Flores de Acedera” (13 años), se perfila el modelo que empujaría (y aterraría) a Mishima durante toda su vida. De una parte, “el abrazo” erótico y homosexual del niño bailando con cierto presidiario encontrado en un bosque nocturno y desolado. Después, el éxtasis ante el rostro aterrador de la belleza, a la que en otro relato juvenil identifica (con rara lucidez) como “un caballo desbocado” que no obedece riendas y que, como “el río del deseo”, quiere hundirse en el mar. Para Mishima, la experiencia de la belleza es numinosa e incluye cuotas de sufrimiento, como el que una y otra vez contempla (con arrobo) en el San Sebastián asaeteado del grabado de Guido Reni, colgado en su habitación en vez del previsible kakemono (rollo colgante que preside la sala). La cumbre del sufrimiento no es otra que el éxtasis de la muerte, la cual advendrá cuando el torrente del ansia lo arrastre hasta el final, sumiéndolo en el océano, metáfora frecuente en sus novelas. Lo que Mishima ocultaba/desarrollaba en su escritura (la de la niñez, luego la adulta) no era sólo su homosexualidad latente sino, también, una identificación del éxtasis (a un tiempo erótico y estético) con la muerte (a la par sufriente y liberadora). Hasta Confesiones de una máscara éstas eran lucubraciones de escritor novel (de tendencia romántica). Con los años se transformaría en proyecto de convertir toda su vida en obra de arte, a ser realizada en/por una muerte sacrificial. Esta novela, que lo lanzó a la fama, tal vez desenmascara su homosexualidad (en eso constituiría el final de un proceso). Pero sobre todo confiesa su fascinación masoquista por la belleza del sufrimiento y de la muerte (iniciando un proceso que culminaría con su inmolación, en 1970).

    Así fue: Confesiones... convirtió a Mishima en estrella a los 24 años. No dejaría de brillar hasta su muerte, veinte años después. Resuelto a convertir su persona en personaje, afirmó su nombre de escritor (adoptado en los años ’40 para eludir a un padre empeñado en hacerlo funcionario). Centró todo el esfuerzo en identificarse con la ficción que había soñado desde niño y que acabó firmando al pie de cada manuscrito. Lo primero era dedicarse por entero a la escritura: cada noche, de las doce a las seis, durante décadas, Mishima escribió encarnizadamente, sin que fiestas, vacaciones, actuación, compromisos, el cansancio, la política o las enfermedades lo apartaran de un empeño invariable. Su producción asombra por la abundancia y la puntualidad: una novela al año a partir de 1947; una obra teatral larga anual desde 1953 (además de adaptaciones y obras en un acto); cada año una novela por entregas, desde 1950; quince películas basadas en obras suyas; sin olvidar numerosos diarios, alguna poesía, traducciones, ocho piezas de kabuki en lenguaje clásico y hasta un ballet tardío, Miranda, casi al acabar sus días. Igual que en los demás aspectos, se aprecia en la escritura de Mishima un completo desdoblamiento: novelas rosas para el fantasma de amiguitas ya crecidas, novelas serias para público de horma más aguerrida. Punto de encuentro: la mente incansable de Mishima y su “sed de amor” (afán por ser amado).

    La estrella se transformó en personaje público, el más publicado, visitado y comentado de Japón. Se sentía en condiciones de fabricar nuevas máscaras de su persona, dotándolas de dosis acrecidas de ambigüedad. Combinaba la búsqueda diurna de respetabilidad (que lo llevó a elegir esposa entre numerosas candidatas, convocadas mediante aviso en el periódico) con desacatos vespertinos en bares de homosexuales de la zona de Roppongi (eso sí: sin consumir alcohol y dejando la jarana puntualmente para recluirse en el escritorio de su casa). Lazo de unión entre ambos mundos: Yoko Sugiyama, elegida esposa tras largo casting. Nunca fue mera pantalla de la vida irregular del esposo. Yoko estaba al tanto de lo que todos sabían. Actuó de veras como nítida mujer de un hombre ambiguo, en el lecho y en la maternidad. Fue la presencia que él mismo impuso para sus encuentros sociales y editoriales, su compañera de viaje. Donde estaba Mishima, estaba Yoko (salvo en los bares).

    Más desconcertaba al público el insaciable eclecticismo del escritor. Se apoyaba en lecturas de Rilke y de Proust, de Wilde, Radiguet, Cocteau y otros occidentales, al principio frecuentados a escondidas de su familia, luego aludidos aunque con la ausencia de explicaciones de Mishima a su público. Donde sí fue explícito hasta el exhibicionismo fue en el modo de concebir, para él y familia, una casa mestiza, mezcla de austeridad imperial (como el palacio de Katsura, en Kioto) y de confort de imaginaria villa californiana. Buscaba nada menos que fundir a Oriente con Occidente. La planta baja demuestra que, para Mishima, Occidente era el barroco tardío, los colores chillones, las esculturas del Renacimiento, los muebles rococó, entre los cuales Yukio circulaba en jeans y camisa hawaiana saludando a invitados. En los pisos, la cosa se ponía más japonesa: Mishima escribía en su despacho vestido de yukata (fino kimono de algodón), al igual que su familia. El domicilio de Mishima, frecuentemente fotografiado, muestra la mezcla estrafalaria de elementos característica de su dueño. De Oriente hacia Occidente, un estrecho pasadizo ascendente, en forma de escalera de caracol: mármoles de Carrara con impostaciones de artesanía local.

    “Embutido de ángel y de bestia”: el verso de Nicanor Parra se aplica a este tokiota de voluntaria vida breve (1925-1970). De tan japonesa que fue, la mera evocación de la existencia de Mishima resulta difícil de aceptar en el archipiélago: muchos lo perciben cercano, pero no lo comprenden. En los hechos, se afanan por silenciar y dejar de lado la obra de un visionario a pesar suyo, alguien que personifica el oxímoron de quienes, en Japón, no se conforman con “ser imbéciles y tener un empleo”, según definía Gottfried Benn cierta búsqueda engañosa de felicidad. Ya durante su vida, la postura y el arte de Mishima enfrentaron fuertes resistencias. Hoy su figura sigue concitando un índice elevado de rechazo.

    Conviene entender el asunto. ¿No era Mishima, como tantos compatriotas, un conservador reaccionario? Sin duda, pero lo fue hasta cierta exacerbación final, juzgada pretenciosa, del emperador, figura propuesta como fundamento cultural de una nación alicaída tras la guerra. ¿No cultivaba, con estilo que le siguen admirando, las más preciadas tradiciones literarias y escénicas del país? Lo hizo sin descanso, aunque hurgando en los fundillos del noh, el kabuki y los monogatari de forma tan intrigante que deja sin resuello a los imitadores. ¿Acaso no compartía la fascinación nacional por la cultura popular urbana de los Estados Unidos de posguerra? Claro que sí, sólo que la llevó al paroxismo de la imitación y al vértigo del pastiche, adoptando poses groseras y atuendos de cowboy, gangster o boxeador de película de trasnoche o lugar de alterne. ¿No vivía, como ciertos héroes nipones, en un contexto de ambigüedad y relativa indeterminación sexual? Incluso cuando hizo notar su homosexualidad, Mishima no dejó de ser un bisexual confuso y contradictorio, como no faltan en Japón. Llevó las cosas al extremo de mostrar estupor sin ambages ante su compleja condición. ¿No labró finalmente con su obra un compromiso estético con la destrucción y la muerte? Nada más afín a la tradición samurai, reeditada (con aplauso unánime) por los pilotos kamikaze de la Segunda Guerra... sólo que sometida por Mishima a una nueva dramatización, en 1970, en forma de seppuku (suicidio ritual) imposible de asumir para quienes lo rodeaban.

    Con el paso de los años, y para creciente incomodidad ajena, Mishima difuminó la ya borrosa frontera entre su vida y su obra, preparando poco a poco las condiciones para pasar a ser, él mismo en persona, el objeto perfecto que buscaba. La obra de arte que libro a libro anunciaba sería de corte dramático, una en que con sangre acabaría derramando de forma irrebatible su propia vida. Mishima ansiaba descubrirse vivo en el momento mismo de morir: creía que el momento de la muerte es el instante de máxima comprensión de la propia existencia. Quien pierde la vida, la ganará, dice un Evangelio que conocía. Dado que las circunstancias hacían imposible cualquier final heroico (kirijini: muerte en combate), acabó limitándose al suicidio ritual, aunque dotándolo de un contexto escenográfico patriotero y marcial. En otoño de 1970 se abrió el vientre (harakiri: del vientre a la derecha) en un cuartel tomado por sorpresa, al mando de una centuria de civiles ultraderechistas que hubiesen querido morir por el emperador, tan alocadamente como él. Solo en el trance de la muerte, Mishima queda igualmente aislado e irrepetible en la memoria de su pueblo, para quien sigue siendo objeto de atracción y de repulsa. ¿Demasiado japonés para los japoneses?

    Transformar las experiencias o eventualidades malas o negativas en positivas es algo bastante difícil de lograr, y lo que es peor es que esas mismas experiencias o eventualidades negativas nos pueden llegar a paralizar antes de que podamos llegar a intentar transformarlas.

    Chocar con el auto es bastante traumático y nos saca de eje, es descolocador. La vida y el auto avanzaban tranquilamente hasta que de repente, de golpe y porrazo, el violento choque. Porque el choque es violento por más pavote que sea. Es una sensación muy frustrante, uno quiere que el tiempo vuelva atrás inmediatamente, es la impotencia misma. Cuando se nos caen de las manos delicados objetos que queremos, como jarrones, copas, platos también nos pasa algo parecido y gastamos energía en putearnos sin piedad.

    Mi madre era de ese tipo de personas. Cuando pasaba algo malo no podía recuperarse, la situación le ganaba y después se deprimía o se ponía de mal humor durante horas. Cuando nos mudamos del Uruguay definitivamente varias cosas llegaron rotas y la amargura le duró años. Cada vez que alguien preguntaba por algo y ese algo se había roto en la mudanza, empezaba con la cantinela de que los hijos de puta de la mudadora eran unos caballos y que había llegado roto. Nunca superó que yo fuera homosexual tampoco.

    Hay personas que reaccionan de la manera opuesta y cuando ocurre la tragedia enseguida empiezan a ponerse positivos. Se hacen amigos del mal trago, lo dominan, lo desafían, lo dan vuelta, lo revierten.

    Hoy tengo ganas de hablar de la reacción de Randy Pausch. Lo que le pasó a Randy, si desde la muerte me permite la confianza de llamarlo Randy, es simplemente un adelanto de fecha. Todos sabemos, algunos somos más conscientes que otros, pero todos lo sabemos… es la muerte el último accidente.

    Dije varias veces en la televisión que yo le deseaba una enfermedad terminal a todo el mundo, que después se curen, pero pasar por esa experiencia es paradójicamente muy sanador. Verdaderamente se lo deseo a todos. Van a vivir mejor después. Puedo ver en este momento a varios de ustedes tocándose el huevo o la teta izquierda para ahuyentar mi deseo; no lo hagan, confíen en mí, es una vivencia maravillosa, soy incapaz de desearle el mal a alguien.

    Desde que soy chico trato de recordarme todos los días que esto se acaba. Cuando digo “esto” me refiero a la vida. Tal vez este recordatorio surja del pesimismo, pero me hace bien, increíblemente me pone optimista, me sirve. Me sirve saber que no soy un olvidadizo, que no ando distraído, me sirve saber que ando acompañado de un tal Fernando Peña que se recuerda a cada segundo que esto se va a terminar. Cuando digo “esto” me sigo refiriendo al tremendo espectáculo de vivir. Ese espectáculo que a veces cuando se pone divertido y nos hace feliz tiene el inconveniente de que también nos hace olvidar que se puede bajar el telón en cualquier momento.

    Escribir sobre la muerte es, creo, lo mas difícil y también lo más fácil. Puede el que escribe usar artillería pesada, metáforas hirientes, recursos sensibleros y hacerte emocionar hasta deshidratarte. También hay millones de lugares comunes espantosos que aportan de todo y no aportan nada. Nadie sabe de la muerte, luego de ocurrida.

    Que nos podemos morir en cualquier momento es algo que sabemos, pero no lo tenemos mucho en cuenta. También sabemos que miles de niños nacen por día en el mundo; sin embargo, no estamos a cada rato pensándolo o comentándolo. Es así, se sabe y punto. Es un dato. Pero tu muerte no es un dato. Por lo menos no debería serlo para vos.

    A Randy le sirvió hacer del sufrimiento una ocupación, se mantuvo activo, en tareas. Se ocupó. Se mantuvo vivo. Pensó en ser original, en no darle a la muerte lo que la muerte quiere. Se puso a trabajar como nunca, tanto que logró esperarla feliz.

    Supongo que Randy tenía el mismo tipo de mecanismo cuando chocaba o se le caía algo querido de las manos. Cuando algo realmente no tiene solución o por lo menos no la solución que caprichosamente le queremos dar, tenemos que empezar a ver qué nos sirve. Qué utilidad le podemos dar a ese desastre. Cómo lo integramos al presente de inmediato. Porque no integrar a nuestras vidas las cosas que nos suceden, aunque estén fuera de programa y sean de las más amargas, ni siquiera es morir… es no saber vivir. Acordate.

    Mi madre no supo vivir. Lamentablemente tengo que aceptar, para no contradecirme, que hasta eso me sirvió, para tener el contraejemplo cerca. Es posible que el no saber vivir de mi madre me enseñara a mí a saber vivir. Acordate.

    Realmente perdemos todos los días y a cada segundo la percepción del fin de la vida. No hablemos más de muerte, está demostrado que no nos hizo escarmentar lo suficiente. La palabra muerte está muerta, no nos sensibiliza ya más, no nos da el miedo que debería darnos, no nos da la dimensión de lo que es perder la vida, ya no asusta, es como la primera versión de Frankenstein… no asusta.

    El fin de la vida es el último tramo y a veces no tenemos la suerte que tuvo Randy o yo. A veces ocurre de repente, en un asalto, de un paro cardíaco, un derrumbe repentino del cielorraso sobre vos. Preparate. No quiero animarte a preparar tu muerte, todo lo contrario, te aconsejo que prepares tu vida. Acordate.

    En un monólogo en el teatro digo que las 194 personas que fueron a bailar a Cromagnon jamás soñaron con no volver a sus casas esa noche y menos soñaron con esa pesadilla. La mayoría de la gente a la cual se le acaba la vida en el segundo menos pensado ni lo sospechaba. A mí no, dicen, el ataque al corazón lo tiene el de al lado, siempre se mata el de enfrente y le agarra un cáncer al abuelo del de la vuelta.

    La autora –ex directora de la Especialización en Psicoanálisis de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires– sostiene que “cuando la mujer no desea un embarazo pero la preñez prosigue, ese embarazo pasa a ser una violación insoportable de su cuerpo y su mente, parasitados como mero envase de una ajenidad que progresa sin su consentimiento”.

    Continúa en el mundo el debate sobre la despenalización del aborto, enfrentados los que la sostienen a los mal llamados “no abortistas”, que deberían llamarse “criminalizadores del aborto”. Partamos de la base de que nadie hace campaña propagandizando las bondades de los abortos. El embarazo no aceptado es una penosa circunstancia indeseada siempre, salvo alguna persona que tenga problemas psicológicos (he tenido pacientes mujeres que quisieron probar neuróticamente su fertilidad aun a costo de abortar. No obstante, han sido dos a lo sumo).

    Pero la sexualidad y su impulso, fortísimo, hace que suela haber impericia, tanto de informados como de ignorantes, o que se juegue una adolescente y notable despreocupación sobre las responsabilidades que implica la sexualidad; tanto por la transmisión de enfermedades como por la producción de niños que merecen todo el amor y las obligaciones que los padres y la sociedad tienen para tornarlos sujetos humanos.

    Dicha impericia y despreocupación deriva por supuesto de las faltas hogareñas y escolares para incluir la sexualidad y ese placer, desde los más tiernos años según nivel de preguntas o de cuestiones que plantee el niño. En una encuesta reciente publicada por un periódico, el 50 por ciento de los estudiantes secundarios no había recibido la educación que por ley se les debe dar; eso muestra hasta qué punto el prejuicio de origen religioso domina las mentes de maestros que, como los padres, no tienen que ser “especialistas en sexualidad”: deben haber tenido la curiosidad y responsabilidad de informarse por su propia vida primero. No debe transformarse la sexualidad en un patrimonio de los médicos ni de especialistas, debe ser parte del yo de realidad de todas las personas.

    No se nace siendo humano, con los genes del genoma humano no alcanza para lograr ese estatuto; es necesario el alimento, el amor, el nido de significaciones transmitidas con el habla, los gestos y el lenguaje de los cuidadores inmediatos y los mensajes de los grupos sociales en los cuales los cuidadores inmediatos están inmersos. Algún día deberá entenderse que ser madre y padre es y debe ser más que un derecho, una responsabilidad; y que cada embrión, más que derecho a nacer, si nace, tiene la ardua responsabilidad de humanizarse; y lo tiene que hacer en sociedades con mayores o menores niveles de contradicción e injusticia; sociedades en las que no es verdad la igualdad de oportunidades y la igualdad ante la ley es un enunciado formal.

    A un niño que se muere de hambre no se le ha dado, porque nació, el derecho a la vida: se lo ha condenado a una muerte inmediata en vez de la muerte relativamente lejana a la que llegaremos todos los bien comidos, amados y educados, sea como lo hayan podido hacer nuestras familias. Un dulce autor psicoanalítico como Winnicott dice que lo que nace es una dotación heredada y que se convierte en criatura sólo con la solícita recepción de la madre, se humaniza sólo en la interacción con la madre que lo ama; así nace la mente subjetiva. La básica noción de “yo soy” necesita lo que Winnicott llama “una madre suficientemente buena”; esta madre no tiene que ser letrada ni informada por pediatras y puericultoras: tiene que amar y desear a su bebé como para que exista empatía con él.

    Otro autor, en este caso filosofante, como Lacan, sostiene que nacemos con “carencia de ser” y que sólo nuestra entrada en las relaciones con las personas y el ordenamiento simbólico como el lenguaje nos hacen sujetos, humanos (aunque a Lacan no le gustaría este último término). El genoma humano es condición antecedente, condición necesaria pero no suficiente para que la potencialidad se transforme en humanidad. Muchas disciplinas sociales están de acuerdo en que el amor de los padres, y sobre todo de la madre, son también condición necesaria para que una combinatoria genética devenga humano.

    El pensamiento religioso, especialmente el católico, cree y propaga que la combinatoria genética es un ser humano, que es un bebé. Ese pensamiento infiltra a círculos letrados y científicos: aquellos que no renuncian al consuelo por la muerte y por las injusticias de este mundo que brinda la religión.

    Para ser embrión, feto y finalmente bebé, esa combinatoria genética necesita el cuerpo de la madre: biológica y médicamente es un parásito del cuerpo materno, que debe ponerse a su servicio hasta después de nacer, sumando el amamantamiento al servicio de embarazo. Es una individualidad biológica que no tiene autonomía biológica y por lo tanto es incapaz de ser individuo; está atada al cuerpo de la madre. Los servicios prestados a la dotación o combinatoria genética son una parte definitoria de la dicha que puede alcanzar una mujer en su vida, cuando su cuerpo está vitalizado por el deseo de su mente, el de tener un hijo para dar un humano más a la humanidad.

    Entre mis pacientes, a lo largo de una vida que ya no es corta, encontré personas con dos clases de reacciones frente a la acción de abortar –como todo el mundo sabe, abortar ya se aborta, con ley o sin ley–: para las primeras, que tienen la creencia de que ya en el primer trimestre se trata de un bebé, el impacto del aborto es traumático y, sin influirlos en la decisión como corresponde a una psicoanalista, los he acompañado en la asunción de sus decisiones: sea la elaboración de la aceptación de ese embarazo y parto, sea la elaboración del trauma o del duelo por lo que ellos suponen que es un bebé perdido, aunque yo no comparta ese supuesto.

    La otra reacción es de los que creen o saben que es una combinatoria genética: permitiéndole nacer, arruinarían esa vida y arruinarían también la de ellos, al producir un violento cambio de los objetivos que han proyectado para enfrentar las dificultades del existir. Si no hay deseo y preparación para dar existencia al bebé, éste es un peso insoportable cuya presencia producirá llagas inevitables en la humanización, en la constitución subjetiva del chico y en la vida de los padres, aunque sea la llaga de la resignación.

    Pero indudablemente la protagonista es la mujer. Su deseo es inalienable, puesto que su cuerpo y su psiquismo son los parasitados por el embrión. Si lo desea, ya será una mamá embarazada –se está empezando a saber acerca de las influencias prenatales que tienen las emociones de la madre–. Si no lo desea y la preñez prosigue, el embarazo es una violación insoportable de su cuerpo y su mente, parasitados como mero envase de una ajenidad que progresa sin su consentimiento y que puede llevar a la violencia de un infanticidio. Así con Romina Tejerina, la joven que, habiendo sido violada, mató a puñaladas a su recién nacida. ¿Por qué no la dio en adopción? Porque odiaba ese fruto de una violación cuyo desarrollo la violó por segunda vez.

    Embarazo, parto y amamantamiento son hechos conmocionantes en la vida, en el alma de una mujer, magníficos y enaltecedores de su autoestima si los ha deseado, violatorios y traumáticos si no los desea. Pocas experiencias satisfacen tanto como la violencia del parto deseado, con la ultraconcentración de atención, la reunión de todos los sentidos y fuerzas físicas y mentales: es magníficamente violento, pero violento. El amor, en el marco de ese dolor y ese esfuerzo, testimonia la enorme fortaleza de las mujeres. No deseado ni asumido, es un castigo de la biología, que funciona como una máquina no deseante e intrusiva en la propia subjetividad; máquina desubjetivizante, junto a la sociedad pacata que dice creer que hay una vida humana, un alma, incrustada en una combinatoria genética.

    La condición de la mujer como sujeto es confrontada, por parte de la sociedad, con una subjetividad que no es, con una personalidad potencial, que sólo será “alma” si la madre le tiene amor. En caso contrario, si la sociedad obliga a esa mujer a sólo ser envase, el resultado será un alma en pena. Conozco las llagas de sujetos a quienes la madre les espetó brutalmente cosas como: “Te iba a abortar pero me dio miedo que me operaran y volví a casa”. O de los que cuentan: “... Mis padres se casaron por culpa mía, para que yo naciera, y su matrimonio fue un desastre toda la vida”. Muchas de estas personas no aman su propia vida.

    Nadie obliga a abortar a los que tienen pensamiento religioso, pero ¿por qué someter a una creencia dictatorial el cuerpo y el alma de las mujeres que no tienen esa creencia? Ello las obliga a someterse a una serie de experiencias traumáticas, como las que vivió Romina Tejerina hasta llegar al infanticidio. Claro que no acordamos con ese acto, porque el bebé nacido tiene autonomía biológica y puede ser entregado a padres adoptivos que lo necesiten y lo amen; cumplido el acto de nacimiento, la madre deja de ser envase y el bebé tiene derechos de autonomía suficientes como para que le sea provisto anidamiento. Pero es posible comprender las emociones de Tejerina, por haber sido violada dos veces. Es que aun las mujeres que han cometido un error también son violadas por el embarazo no deseado, aunque la relación sexual haya sido consentida.

    El origen geográfico del hombre moderno sigue siendo perseguido con técnicas y elementos cada vez más sofisticados, Como se sabe, venimos del Africa, pero todos los estudios hechos hasta ahora en la región no tomaban en cuenta la multiplicidad de etnias y grupos. Ni la capacidad de digerir la lactosa. Y resulta que muchas de las pistas se encuentran en la leche. Así nomás.

    Un reciente estudio genético que llevó más de 10 años realizar permitió ubicar con mayor precisión la región africana de donde surgieron los primeros seres humanos, los que luego salieron a ocupar el mundo. El lugar que señalaron los genes se ubica en el sudoeste africano, cerca de la frontera entre Sudáfrica y Namibia, y vecino al desierto de Kalahari. Por aquel entonces se trataba de una zona con algunos árboles pero cubierta de arena y no particularmente atractiva para la vida; al parecer, el comienzo de la vida humana no fue en un paraíso. En la región viven actualmente los bosquimanos (también llamados “san”), más conocidos por ser los protagonistas de la película Los dioses deben estar locos, y se cree que aún muestran buena parte de los rasgos genéticos de esa población originaria.

    Es la primera vez que se realiza un estudio genético amplio en la población africana, a diferencia de lo que ocurrió en los otros continentes, y las conclusiones que permiten son múltiples. Hasta el momento los pocos estudios de ese tipo existentes entre las poblaciones africanas las consideraban como un todo homogéneo, sin la diversidad que ahora comienza a ser detectada.

    El equipo también logró determinar por dónde salieron de Africa las primeras corrientes migratorias intercontinentales. Hace unos 50 o 60 mil años cerca de 150 seres humanos cruzaron el Mar Rojo; en los siguientes milenios, sus descendientes poblaron el planeta. El número de conclusiones que se puede obtener del cruce de la información de los genes africanos con evidencias anteriores es enorme.

    El estudio, dirigido por la genetista Sarah Tishkoff de la Universidad de Pensilvania, EE.UU., implicó la toma de muestras de ADN de unos 2400 individuos de cerca de 100 poblaciones distintas. Lo que buscaban puntualmente era la continuidad o desaparición de 1327 marcadores genéticos (conocidas variaciones en la cadena de ADN) que indicaran la relación entre las distintas poblaciones. Cuanta más diferencia hubiera entre los marcadores de dos poblaciones, más probable resultaba que la pérdida de contacto entre ambas se hubiera producido más lejos en el tiempo y viceversa.

    El resultado indicó que los africanos modernos descienden de 14 poblaciones ancestrales que se pueden detectar aún en los grupos culturales y lingüísticos actuales, aunque muy mezclados a causa de los numerosos cruces provocados por las corrientes migratorias que atravesaron el continente en tantos milenios. La variedad genética de los habitantes del Africa es un indicador de un mayor tiempo de evolución y resultado de las fuertes presiones adaptativas de las poblaciones que circulaban por un continente con una variedad medioambiental muy importante. En América, por ejemplo, el tiempo de evolución desde la llegada de las primeras corrientes migratorias es de sólo unos 12.000 años, por lo que los habitantes originarios tienen una variedad genética mucho menor que sus pares africanos.

    En el equipo de Tishkoff hay lingüistas que pudieron rastrear más coincidencias entre genes analizados y huellas en las lenguas de la región. Por ejemplo, en el habla de los bosquimanos se conservan palabras que utilizan una variante de unos 70 chasquidos diferentes que, según algunas de las múltiples teorías al respecto, fueron características de los primeros lenguajes. Palabras con chasquidos en las lenguas del occidente africano abonan la idea de corrientes migratorias que surgieron del sudoeste africano, junto a la evidencia obtenida de los genes. Como explicó la genetista Sarah Tishkoff a Futuro, “todos nosotros descendemos de la población originaria que surgió en Africa. Pero dentro de ese continente, las tribus que utilizan chasquidos en sus lenguajes del sudeste africano, como los bosquimanos, parecen descender de aquella que luego pobló el mundo entero”.

    El estudio genético pudo así demostrar la gran correlación existente entre lenguajes y genes e incluso tener más evidencia de lenguas que reemplazaron las originarias por la cercanía con culturas más poderosas. Es el caso de las varias tribus de pigmeos africanos que si bien tienen similitudes genéticas con los bosquimanos adoptaron las lenguas de sus vecinos bantúes. También los Luo, una etnia de Kenya (a la que pertenecía el padre de Barack Obama) que se pensaba era de origen sudanés por el tipo de lengua que hablan, tiene en realidad una fuerte influencia genética de los bantúes.

    La genética también tiene su cuota de “eurocentrismo” y este estudio permitió cambiar algunas de las creencias sostenidas por la evidencia genética obtenida de los habitantes del primer mundo, mucho más abundantes que la del continente africano.

    Una de las conclusiones preexistentes a este estudio y que se sostenía por la desigualdad entre la cantidad de información de distintas poblaciones era que la capacidad de los adultos de digerir la lactosa, un azúcar presente en la leche, era un atributo de los europeos del norte. En países como Suecia casi el ciento por ciento de la gente tiene esa capacidad que otras poblaciones suelen perder al finalizar el período de lactancia. La explicación la daba una variante genética detectada en 2002 y su origen coincidía con el desarrollo de la ganadería del norte de Europa que se produjo hace unos 9000 años. Evidentemente quienes pudieran aprovechar la energía de la leche vacuna podrían dejar más descendencia.

    Este gen nunca se encontró en las poblaciones africanas, ni siquiera entre aquellas que tenían un largo pasado ganadero. Fue recién en este estudio que se encontraron 3 variaciones genéticas correspondientes a otras tantas etnias africanas, que permiten la digestión de la lactosa. La más común de ellas, surgida hace unos 7000 años, coincide con los tiempos de los que datan los primeros registros arqueológicos de ganadería. La ventaja adaptativa de los individuos que tenían la mutación se hacía evidente en los momentos de sequía, cuando la leche servía para hidratarse. Quienes no pudieran digerirla podían morir deshidratados o empeorar su situación por diarreas.

    Por otro lado, cada una de las variantes genéticas que permiten la digestión de la leche está asociada a un grupo lingüístico. El hecho de que distintas poblaciones tengan variaciones genéticas propias es un indicador de desarrollos independientes de la ganadería lechera, lo que coincide con el hecho de que las palabras utilizadas para denominar el ganado también sean distintas en todas ellas. Si una etnia hubiera sido la que desarrolló y expandió la ganadería, lo hubiera hecho junto con sus propios genes y la lengua necesaria para denominar a estos animales y toda la jerga específica del ordeñe, cuidado y otros menesteres referidos al proceso.

    De a poco los trozos del rompecabezas se van combinando con piezas provenientes de la arqueología, la genética y la lingüística para armar el complejo cuadro de la evolución humana (entre otros cuadros), algo que probablemente hubiera sido inimaginable hace sólo unos siglos.

    Es ahora rubia y desvaída, vive en Buenos Aires, tiene en los ojos un profundo cansancio y me cuenta, con pena, que el 26 de abril de 1986 se asomó a la ventana del quinto piso y vio en el horizonte un rayo en medio de un hongo de humo y fuego. A pesar de que el televisor estaba desenchufado parecía encendido, y, por unos segundos, su mente se sintió aletargada por una onda inaudible. Larisa no sabía ni cómo se llamaba en esos momentos. Se metió en la cama y se volvió a dormir.

    Una de las acepciones de la palabra "chernobyl" podría ser "ajenjo". En la antigüedad se creía que esa bebida amarga era mortal y se la usaba como sinónimo de veneno. En la Biblia, específicamente en el Apocalipsis 8 10-11, puede leerse un pasaje curioso: "El tercer ángel tocó la trompeta y cayó del cielo una gran estrella ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas".

    Al día siguiente de aquellos temblores, de aquel relámpago y de aquel hongo siniestro, Larisa se desayunó con la noticia. Un repentino incremento de potencia en el reactor 4 había recalentado el centro de la usina nuclear. La explosión terminó con la vida de 31 personas, pero el material radiactivo que se desparramó fue quinientas veces mayor que en Hiroshima. Ucrania era parte integral de la Unión Soviética, gobernaba Mikhail Gorbachov y a pesar de la glasnost la información pública seguía silenciada. Pripiat era una ciudad de cincuenta mil habitantes destinada a operarios de la planta de Chernobyl, un pequeño paraíso de provincias construido alrededor de un generador de energía atómica. Y nadie le dijo a Larisa con claridad estos detalles ni la gravedad del asunto. Nadie le dijo, tampoco, que su vida cambiaría para siempre.

    Tuvo un presentimiento, sin embargo, cuando ese mismo sábado le repartieron a la población pastillas para las lesiones de tiroides. La radiación ataca con nódulos a repetición, muchas veces mortalmente cancerígenos. La radiación entra primero por la garganta. No lo sabía Larisa Vaynarovska, pero en ese momento los vientos esparcían la radiación por todo el país y se contaminaban la tierra y las aguas. La vida cotidiana en Pripiat seguía como si nada hubiera ocurrido. Sólo al día siguiente, después de otra noche de insomnio, oyeron por radio la orden de evacuación. "Nos vamos por tres días", les comunicaban. Había que llevarse lo mínimo, una bolsita y poco más. Larisa tomó a sus dos hijos y se subió a un ómnibus sin saber que no regresaría. O que lo haría brevemente y por fuerza mayor. "Volví a los tres meses, con botas y barbijos, y todo estaba tal como lo había dejado, hasta con el mismo olor -me relata con voz tenue-. Me flaqueaban las rodillas. Metí todo lo que pude en tres valijas y me fui. Pero hoy me levanto a diario llorando. Estoy en la Argentina, pasaron más de veinte años y, sin embargo, sueño cada noche que estoy en aquella casa. Sueño con los objetos perdidos."

    Me muestra una foto en blanco y negro de Pripiat. Luego entro en Internet y me detengo en una toma reciente. Sigue siendo una ciudad fantasmal e inaccesible, árboles extraños y malformados cubren como garras monstruosas los monoblocks.

    Estoy ahora en una oficina diminuta y opresiva en Barrio Norte, y los cinco fantasmas argentinos de Chernobyl me hablan en precario castellano y me sostienen miradas líquidas y fatigadas. Por un convenio incompleto, ellos y miles de ucranianos más vinieron a la Argentina en busca de sosiego. El gobierno soviético los había barrido bajo la alfombra, la república independiente se diluye en impotencias y el Estado argentino no fue capaz, en todos estos años, de cumplir con la otra parte del trato: darles algún tipo de protección social, enseñarles el idioma, permitirles las reválidas de sus títulos universitarios, seleccionarlos por oficio y enviarlos a las provincias donde su mano de obra calificada fuera útil. Eran parias en Ucrania y son parias en la Argentina. Algunos de ellos tienen que limpiar pisos para sobrevivir.

    Valentina Akhmedziaova vino en 2001, cuando nuestro país estallaba en mil pedazos. La crisis argentina le parecía, no obstante, menos tenebrosa que la radiación. Se trata de una gringa de ojos azules que estudió música en Moscú, se recibió de profesora, es una gran instrumentista y toca maravillosamente una variación local del acordeón a piano llamado baian . En aquel año fatídico de la explosión integraba una orquesta estatal de cien músicos. A la semana de la tragedia les dieron la orden de viajar a la zona y dar un concierto. Llegaron a la ciudad vacía y todo lo que recibieron fue vodka para relajarlos y porque supuestamente los protegía de la radiación nuclear. Ella no podía salir del colectivo. Ya había perdido todas las fuerzas.

    Un tiempo después envió una carta al Ministerio de Cultura para mostrar que las secuelas eran terribles, y los burócratas le respondieron que jamás habían enviado a esa orquesta a la zona de Chernobyl. Esa gira había sido borrada de los libros y expedientes oficiales. No había tenido lugar.

    A Valentina la atacan enormes nódulos a repetición y la han sometido a operaciones quirúrgicas. Tiene las defensas bajas y poca fuerza en las manos. La eximia instrumentista vive pobremente de ocasionales y muy escasos alumnos, y de tareas de limpieza, que hace para seguir comiendo. Me pide permiso para irse temprano. Vive en José León Suárez, viaja colgada de un tren y tiene miedo cuando cae la noche. Se nota que está profundamente sola.

    En realidad, la primera que me habla es Ludmila Panasetsva, otra rubia de ojos translúcidos que vivía, con su marido ferroviario y su hijo de dos años, en un edifico a menos de dos kilómetros de la planta nuclear. Ludmila estaba embarazada de ocho meses cuando los vasos y los platos comenzaron a temblar en su departamento. Las primeras horas nadie los informaba: el incidente tampoco había tenido lugar. Viajó con lo puesto a la capital de la provincia y contó lo que se había ido enterando: nadie podía creerlo. Cuando los rumores se fueron confirmando parcialmente, su marido tuvo que volver para ayudar con las evacuaciones masivas y su suegra comenzó a tener temblores nerviosos. Esas convulsiones, producto de la radiación, evolucionaron hacia un falso pero devastador Parkinson.

    La ola invisible de la radiación produce extrañas afecciones, dolores de garganta perpetuos, cáncer de lengua y ataques de hígado: Ludmila no podía comer nada sin que le diera una pataleta. A los 25 años parecía vieja. Le hormigueaban los brazos y sufría mala circulación de sangre, anemia crónica y dolores de cabeza. Las jaquecas volvían loco al ferroviario. "Ahora somos gente olvidada -me dice ella-. A nuestro consulado no le importa lo que nos pasa. Siguen eludiendo el tema. Y nadie quiere hablar del impacto que produce la radiación. El 14 por ciento de la población ucraniana tiene alguna discapacidad, principalmente por las secuelas directas o indirectas de Chernobyl."

    Porque cierta historia que se impone como oficial intenta refutar las evidencias. Intenta refutar las estelas catastróficas que dejó el incidente nuclear. Poderosos intereses políticos y económicos, en un mundo cada vez más necesitado de energía, operan para dejar las cosas como están y no hacer más olas. Los expertos nucleares han logrado que se diga que se exageran las consecuencias y que no son científicamente comprobables. Sin embargo, muchos países europeos protegieron su cadena alimentaria y resistieron la entrada de setas comestibles, leche y otras producciones ucranianas. Finlandia y Suecia no permiten que pase por su frontera el ganado. Y Alemania, Polonia, Italia y Austria han detectado alto nivel de veneno radiactivo en jabalíes, ciervos, bayas y peces. Leo que en un área de cuatro kilómetros cuadrados de pino, alrededor de Chernobyl, el bosque se volvió marrón y dorado, los animales perecieron y una manada de caballos abandonada en una isla ubicada a seis kilómetros del accidente "se extinguió al desintegrarse sus glándulas tiroides".

    Tengo, además, cinco testigos de cargo frente a mí. Cinco ucranianos con historias elocuentes. Esas historias rompen el cerco de silencio que tendieron la política y la indiferencia. Me cuentan que chicos de seis o siete años sufren infartos y que se les caen los dientes: en esa generación el material radiactivo está dañando el corazón y las áreas óseas. "Llamamos a Ucrania y nuestros amigos mueren del corazón aproximadamente a los 45 años -agrega Ludmila-. Las mujeres sólo sobreviven dos años a una operación de mamas."

    Interviene Tatiana Kachanova para decir que en su boda, hace más de treinta años, había cien parientes invitados, y que hoy no queda con vida ni uno solo. Los propagandistas del lobby nuclear dirían que fallecieron de muerte natural. Pero parece quedar poco de "natural" en las zonas de influencia de Chernobyl.

    Tatiana se lamenta de que su marido Sergio, geólogo, no pueda estar presente en esta conversación: está internado, luchando por su vida. Después de exponerse como voluntario en la planta nuclear fue azotado por todo tipo de enfermedades: cirrosis, pancreatitis, diabetes, cardiopatías. Tatiana y Sergio vivían en Kiev cuando se produjo la explosión. Tenían dos hijos de 4 y 6 años. Salieron a la calle el 27 de abril de 1986 y las caras y las manos de los niños se les pusieron rojas, y la piel reseca. Los profesores de la escuela sugirieron que volvieran al hogar y cerraran todo. El viento envenenado soplaba sobre ellos y los charcos de agua de las esquinas tenían bellas pero tenebrosas tonalidades verdes y azules. "Y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas", decía el Apocalipsis.

    El geólogo llegó de Siberia en esos días y trajo consigo un aparato para medir la radiación. Revisó la casa objeto por objeto, y encontró niveles radiactivos altísimos en cada uno de ellos. Tiraron la alfombra, el televisor, se deshicieron de elementos de cocina y ropas de toda clase; a partir de entonces eludieron el agua sin hervir, los huevos y la carne. Todo estaba contaminado o era sospechoso.

    Pero esas prevenciones sirvieron de poco. En 1998 Sergio cometió un grave error. Hubo un llamado general para ir cuatro meses a la planta de Chernobyl a reparar lo irreparable, y el geólogo no pudo con su genio y se anotó como voluntario. Salió con alto grado de discapacidad de esa experiencia. "Seguimos viviendo en Kiev -me dice Tatiana, con ojos grandes y elocuentes-. Me acuerdo de que las frutillas se ponían como tomates, y de que cuatro familiares nuestros que las comían tuvieron cáncer de lengua: murieron en el término de un año. En 1994, Sergio tomó un mapa y me dijo: Argentina es el país más limpio del mundo. Es por eso que nos vinimos. Pero no cobramos jubilaciones ni tenemos coberturas médicas ni fuerzas para trabajar. Nos enfrentamos día y noche con la burocracia y, también, con el silencio y con el olvido."

    La embajada de Ucrania en la Argentina no relativiza la gravedad del asunto. Es una administración nueva y está tejiendo la firma de dos convenios con nuestro Gobierno: uno para equiparar los títulos universitarios y otro para crear algún tipo de protección médica. Pero las buenas intenciones suben por la escalera y la desesperación usa el ascensor. La democracia ucraniana es joven e inexperta, el colapso soviético la dejó a la intemperie, y ahora juran que no hay recursos financieros suficientes para hacer frente a esa herencia masiva y catastrófica, sin parangón en la historia de la humanidad.

    Larisa, Valentina, Ludmila y Tatiana ya se han marchado. Me quedo con Oleksandr Zakorodnyuk, un hombre rudo que trabajaba de chofer en otra planta nuclear de Ucrania y que el 1° de septiembre de aquel año fatídico fue elegido a dedo y obligado a viajar a Chernobyl para seguir con las tareas de "reparación". Estuvo 25 días viviendo en una escuela evacuada, en jornadas de doce horas, trasladando tierra para separar la laguna del río, a doscientos metros del agujero negro. Cada uno de aquellos operarios venía con un aparatito para medir la radiación: se los quitaron el primer día. Sólo estaban protegidos por guantes y barbijos, pero no tenían miedo. No creían estar en peligro real, aunque luego comenzaron los problemas: presión en los riñones, hormigueos en el lado izquierdo del cuerpo.

    Salgo a la calle con Oleksandr. Tiene manos ásperas de trabajador. Me cuenta que hace de todo: albañil, carpintero, lo que venga, para darle de comer a su hija de nueve años. Se casó con una peruana y, al igual que otros 15.000 ucranianos, intenta adaptarse a este país del sur del mundo. Me menciona al pasar la palabra "Atucha". Pienso en una explosión, en vientos cargados, aguas envenenadas, ciudades desoladas y vacías, vidas arruinadas, plagas eternas.

    Oleksandr me da la mano rugosa y me sonríe: tiene un diente de metal que sugiere una vida proletaria y valiente. Toma el subte y se dirige al Bajo Flores. Está cayendo la noche y se van prendiendo con fuerza las luces de la ciudad. No puedo sacarme de la cabeza esa maldita palabra. La palabra "Atucha". Y me duele la garganta. Es como si la empatía o la sugestión me la hubieran cerrado a lo largo de la tarde. El precio de la imaginación es el miedo. Imagino que nadie está a salvo.

    Qué es Oranta : la Asociación de Emigrantes y Refugiados de Europa Oriental, que contiene a esos sufridos peregrinos, lucha por sus derechos, denuncia las promesas incumplidas de los gobiernos y lleva a cabo campañas de esclarecimiento sobre los peligros y secuelas nucleares. Su mail:

    Quiénes son : Larisa Vaynarovska era electricista de montaje de la planta de Chernobyl. Valentina Akhmedziaova, una eximia música, tocaba en una orquesta oficial. Ludmila Panasetsva vivía a sólo dos kilómetros de la usina nuclear con su marido ferroviario. Tatiana Kachanova está casada con un geólogo que participó en las reparaciones de la planta. Oleksandr Zakorodnyuk estuvo 25 días después del accidente trabajando en el núcleo de la radiación.

    A pesar de que han pasado ya más de diez años desde la presentación en sociedad de la pastillita azul (y otros comprimidos de acción terapéutica similar), la disfunción sexual eréctil continúa siendo el problema más frecuente de los varones a la hora de enumerar sus dificultades sexuales, seguida de la eyaculación precoz y la falta de deseo. La buena noticia es que cuando estas dificultades aparecen antes de los 50 años (y aparecen más a menudo de lo que se cree, sólo que con frecuencia se silencian) la mayoría de las veces la causa es psicológica y no orgánica, y tiene buen tratamiento. "Hay estudios que indican que apenas el 15% de los hombres con disfunción sexual eréctil consulta -explica el doctor Amado Bechara, profesor de Urología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), encargado del sector Disfunciones Sexuales de la División Urología del Hospital Durand y director médico del Instituto Médico Especializado (IME)-. ¿Motivos? Vergüenza, no saber adónde, que el médico no lo interrogue, no el urólogo, que por su especialidad lo pregunta, sino otros médicos. Por ejemplo, se sabe que un paciente diabético tiene un riesgo hasta cuatro veces mayor de sufrir disfunción sexual eréctil y, al revés, la disfunción sexual eréctil puede ser el indicador de diabetes u otros problemas de salud."

    El doctor Sidney Glina, especialista brasileño que presidió la Sociedad Internacional de Medicina Sexual y es actualmente jefe de Clínica Urológica del Hospital Ipiranga, en San Pablo, dice que la verdadera revolución que implicó la introducción de medicamentos contra la disfunción sexual eréctil en el mercado fue que los problemas sexuales se discutieran más, aunque en Brasil todavía un hombre demora en promedio 4 años en consultar por un problema sexual.

    "En mi país se consiguen muy fácilmente las drogas para la disfunción sexual eréctil, sin receta, a pesar de que es un medicamento de prescripción médica -explica el doctor Glina-, por lo que la mayoría va a la farmacia, pero no al médico (N. de la R: en la Argentina ocurre lo mismo). También pasa que lo utilizan muchos hombres jóvenes aunque en realidad no tienen ningún problema para lograr y mantener una erección, pero lo hacen porque quieren sentirse más seguros. Al tiempo se convencen de que lo necesitan, pasan a depender psicológicamente, y esto no los favorece."

    Glina asegura que es sólo después de los 50 años que más del 90% de los casos de disfunción sexual eréctil tiene causa orgánica, vinculada con diabetes, aterosclerosis, uso de antihipertensivos, obesidad, sedentarismo, tabaquismo, problemas hormonales. Los fármacos contra la disfunción eréctil tienen en común una sustancia que relaja los vasos sanguíneos del pene, lo que favorece la entrada de sangre y, por ende, la erección.

    "Pero el efecto vasodilatador de estos medicamentos también podría mejorar la función del endotelio (pared interna de las arterias) y actuar como antiinflmatorios y antitrombóticos, aunque esas funciones están aún en estudio", aclara el doctor Bechara.

    En líneas generales, estos fármacos tienen una respuesta de un 70%, señala el urólogo argentino. "Además de los iniciales, que tenían una vida media de 2 a 4 horas, ahora existe una presentación en una dosis menor que puede tomarse a diario y tiene un efecto de acumulación que hace que después de los 5 días la persona no dependa de la «pastilla» para tener actividad sexual -describe-. Para el 30% que puede no responder con esta clase de fármacos -agrega Bechara- existen otras opciones: inyección de drogas vasoactivas, terapia de reemplazo hormonal, aparatos de vacío, prótesis penianas."

    De la mano de la juventud y la ansiedad viene la eyaculación precoz. "En promedio, una vez que comenzó la penetración, el varón eyacula en 5 minutos. El eyaculador precoz lo hace en menos de un minuto -explica gráficamente el doctor Glina-. Llegan a la relación sexual muy tensos y eso genera el problema, que a su vez lo perpetúa."

    La licenciada Diana Resnicoff, sexóloga clínica, añade que muchos jóvenes llegan a la consulta relatando que la sensación es como decir "ay, se me escapó", cuando en realidad la eyaculación es -o debería ser- un proceso voluntario. Y en cuanto a los tiempos promedio, su estimación difiere de la del doctor Glina.

    "No existe una media de tiempo de eyaculación -asegura Resnicoff-. Es un error dar esa información. Lo importante es que una vez que ha eyaculado el varón tiene que sentirse contento y con el placer que sigue al orgasmo. Esto no le pasa a un eyaculador precoz. El tratamiento de esta afección está basado en un reaprendizaje, que se extiende durante 8 a 10 sesiones, con tareas que van desde la autoestimulación hasta registrar el momento previo a la eyaculación, en que tienen que aprender a detenerse, primero solos y luego en compañía, incluyendo la penetración. Y se supera."

    Pero la industria farmacéutica también busca dar respuesta a esta afección, y un fármaco que todavía no se conoce en el mercado local -la dapoxetina, un antidepresivo del grupo de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina o IRSS- ha mostrado eficacia en ensayos clínicos en el retardo de la eyaculación.

    "No podemos decir que será fantástico -puntualiza el doctor Glina-, pero sí que posiblemente aumentará el tiempo previo a la eyaculación, y de ésta forma algunos pacientes que toman antidepresivos como terapia contra la eyaculación precoz podrían prescindir del fármaco si en realidad no están deprimidos y tomarlo únicamente a demanda, antes de la relación sexual, porque es de vida media-corta."

    La eyaculación precoz, recomiendan de manera unánime los especialistas, merece ser tratada: de perpetuarse, tiene alto riesgo de transformarse en una disfunción sexual eréctil, ya que como el hombre teme "durar poco", directamente no es capaz de lograr una erección o, al menos, una erección que le permita disfrutar del sexo, tanto a él como a su pareja.

    No sólo las mujeres sufren alteraciones hormonales: también ellos, aunque de manera menos drástica, pueden experimentar un descenso de "la" hormona masculina por excelencia, la testosterona, y enfrentar una problemática que, según el doctor Sidney Glina, es bastante habitual de ver en los consultorios: la falta de deseo.

    "Un 20% de los mayores de 50 años tiene una baja de testosterona, una hormona que los varones producen hasta el final de su vida -aclara el médico brasileño- y que después de esa edad decae. Eso no causa depresión, sino falta de deseo, aunque en muchos casos el hombre tiene alta o normal la testosterona, pero está deprimido, y es la depresión lo que disminuye su deseo."

    Tanto la depresión como el estrés disminuyen la testosterona en el varón. "En estos casos puede servir administrar la hormona por un corto período para ver si hay mejoras -explica Glina-, pero siempre que un paciente dice tener falta de deseo sexual hay que profundizar acerca de los motivos que pueden causarlo: problemas con la pareja, baja autoestima, la vida apurada, crisis laborales y personales... Son muchos los aspectos que condicionan tener una buena vida sexual."

    Según Resnicoff, la sexualidad del varón sigue siendo fundamentalmente coital y, en ese sentido, su preocupación más habitual frente a una relación sexual es si tendrá erección en primer lugar y, luego, si "la hará acabar 3, 5 o 10 veces...". "Son muchas las que lamentablemente montan un show para que ellos crean esto -asegura Resnicoff-, y esta farsa no ayuda en nada, no mejora ningún problema."

    "Puede ser una gran ayuda o una gran terrorista -reflexiona Sidney Glina-. Muchas mujeres hablan del tamaño o el rendimiento de otro hombre (ver recuadro), quizás ignorando que en el varón existe un temor casi atávico de quedar impotente; entonces, cualquier cosa que pueda reafirmarlo creará problemas. En realidad, tanto para los hombres como para las mujeres, el principal tratamiento para la solución de los problemas sexuales debería ser la educación. El sexo es una función biológica más y deberíamos ejercerla con la misma naturalidad con la que comemos. Comer no es pecado. Pero el sexo sí lo es.

    "Un pene más grueso y más largo puede impresionar, como pechos grandes en la mujer, pero no cumple función en el placer sexual. La vagina es un órgano virtual, que se adapta; si no, no podría pasar por allí la cabeza de un niño", asegura Amado Bechara.

    Según Glina, el fantasma del pene chico es una competencia... entre hombres: en el vestuario, en el baño, en la vida cotidiana. "Cremas y ejercicios no sirven para nada. No existe forma de agrandar el pene que no sea quirúrgica -aclara-, pero las cirugías no tienen fundamento científico y son peligrosas. Se ponen grasa y siliconas; pueden quedar cicatrices muy grandes, perder la sensibilidad, tener problemas de erección..."






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